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29 ene 2012

Excrucior

Nadie lo ha dicho como Lucrecio.

Al poseerse, los amantes dudan.
No saben ordenar sus deseos.
Se estrechan con violencia,
se hacen sufrir, se muerden
con los dientes los labios,
se martirizan con caricias y besos.
Y ello porque no es puro su placer,
porque secretos aguijones los impulsan 
a herir al ser amado, a destruir
la causa de su dolorosa pasión.
Y es que el amor espera siempre
que el mismo objeto que encendió la llama
que lo devora, sea capaz de sofocarla.
Pero no es así. No. Cuanto más poseemos,
más arde nuestro pecho y más se consume.
Los alimentos sólidos, las bebidas 
que nos permiten seguir vivos,
ocupan sitios fijos en nuestro cuerpo
una vez ingeridos, y así es fácil
apagar el deseo de beber y comer.
Pero de un bello rostro, de una piel suave,
nada se deposita en nuestro cuerpo, nada
llega a entrar en nosotros salvo imágenes,
impalpables y vanos simulacros,
miserable esperanza que muy pronto se desvanece.
Semejantes al hombre que, en sueños,
quiere apagar su sed y no encuentra
agua para extinguirla, y persigue
simulacros de manantiales y se fatiga
en vano y permanece sediento y sufre
viendo que el río que parece estar 
a su alcance huye y huye más lejos,
así son los amantes juguete en el amor
de los simulacros de Venus.
No basta la visión del cuerpo deseado
para satisfacerlos, ni siquiera la posesión,
pues nunca logran desprender ni un ápice
de esas graciosas formas sobre las que discurren,
vagabundas y erráticas, sus caricias.
Al fin, cuando los miembros pegados,
saborean la flor de su placer,
piensan que su pasión será colmada,
y estrechan codiciosamente el cuerpo
de su amante, mezclando aliento y saliva,
con los dientes contra su boca, con los ojos
inundando sus ojos, y se abrazan
una y mil veces hasta hacerse daño.
Pero todo es inútil, vano esfuerzo,
porque no pueden robar nada de ese cuerpo
que abrazan, ni penetrarse y confundirse
enteramente cuerpo con cuerpo,
que es lo único que verdaderamente desean:
tanta pasión inútil ponen en adherirse
a los lazos de Venus, mientras sus miembros
parecen confundirse, rendidos por el placer.
Y después, cuando ya el deseo, condensado
en sus venas, ha desaparecido, su fuego
interrumpe su llama por un instante,
y luego vuelve un nuevo acceso de furor
y renace la hoguera con más vigor que antes.
Y es que ellos mismos saben que no saben
lo que desean y, al mismo tiempo, buscan
cómo saciar ese deseo que les consume,
sin que puedan hallar remedio
para su enfermedad mortal:
hasta tal punto ignoran dónde se oculta
la secreta herida que los corroe.



(de la traducción de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar
en la  Antología de la poesía latina de Alianza Editorial)

Y aún así seguimos y seguiremos cayendo en él.

12 abr 2011

La globalización: ¿un invento nuevo?

El instituto donde cursé el bachillerato tiene muchas cosas buenas. Una es la tradición de invitar, con motivo de los premios a las mejores notas en Latín y Griego de la promoción anterior, a un estudioso del mundo clásico a dar una conferencia a los alumnos del instituto. Los dos últimos años he acudido a la conferencia como escuchante; hoy he tenido la suerte y el orgullo de acudir como una de las premiadas. Otra gran suerte ha sido escuchar las palabras que el conferenciante de este año, el profesor Bernardo Souvirón, nos ha dirigido hoy. El último sueño de Roma: la globalización, ha sido el tema elegido por el autor de Hijos de Homero (libro que, si no habéis leído, os recomiendo encarecidamente) para su intervención. Sobra decir que me ha encantado, y que el profesor en persona es aún mejor en Radio Nacional. La conferencia ha sido un recorrido por los experimentos globalizadores (o intentos de universalizar) de diferentes momentos de la Antigüedad. Ha sido genial la reflexión sobre el sueño globalizador de Roma que nos ha planteado. En el siglo I, no solo los nacidos en Roma podían decirse romanos; también los nacidos en Emerita Augusta o Siria. (evidentemente, esto hay que mirarlo en su contexto: esto no se aplicaba a los esclavos. Solo los hombres libres podían ser considerados romanos. Aún así, sigue siendo un gran paso plantearse aunar a todos los hombres bajo un mismo derecho y una misma administración, ). Pero no solo era eso, es que Roma se preocupaba por cuidar ese sueño de globalización, por permitir, en la unidad, la diversidad. En los lugares que fueron, tiempo ha, parte del imperio, quedan restos de la administración que Roma se preocupaba de establecer en las provincias: acueductos, teatros, termas, carreteras (en este punto no he podido evitar acordarme de esto). Sin embargo, y aquí viene lo que más me ha gustado, ¿qué queda en Vietnam o Irak de los imperio que han pretendido que llevaban la democracia a dichos lugares? Nada. El sueño globalizador de los imperios francés e inglés y de los Estados Unidos es muy diferente al que pretendió Roma, aunque éste fracasara. También han sido interesantes las consideraciones sobre el particular concepto de democracia que tenían los atenienses ,basadas en un texto de Tucídides, y una observación, también sacada de Tucídides, que ha hecho el profesor Souvirón: la guerra es una feroz maestra; ha sido la maestra de Occidente desde antes de la época de Homero. Sin embargo, esto no significa que la paz sea un sueño. En fin, no se me ocurre una forma mejor de demostrar que no hemos cambiado tanto en dos mil años y de enlazar el mundo antiguo con el actual.